

La ruta
Las paradas
- Parroquia de Sant Mateu (Barcelona)21 de julio
- Fátimaen avión
- Charlotte (Estados Unidos)en avión
- Río de Janeiroen avión
Río de Janeiro 2013, la semilla de todo
La primera peregrinación del grupo: un esplai recién nacido que se atrevió a cruzar el océano para encontrarse con el papa Francisco en su primera JMJ.
Todo empezó con una locura. En septiembre de 2012 había llegado un párroco nuevo a la parroquia y, durante aquel curso, había nacido un esplai de sábado por la tarde con cuatro familias del barrio. No eran más de quince, de edades que iban de los 12 a los 35 años, cuando se plantearon cruzar el océano para ir a la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro. El tiempo corría en contra y todo estaba por hacer, pero confiaron en que el dinero y las gestiones saldrían. Al final se juntaron 26 peregrinos en la parroquia de Sant Mateu, casi desconocidos entre ellos. El 21 de julio de 2013, en la misa de envío, a cada uno le colgaron una cruz al cuello para que tuviera a Jesús presente durante el viaje. Los acompañaban las cartas de santa Edith Stein, que les pedía que invocaran a la Virgen María.
Fátima, Charlotte y Río
La primera parada fue Fátima. Llegaron bien entrada la noche, saludaron a la Virgen y se quedaron un día más para conocer la historia de los tres pastorcillos. Después, un vuelo hasta Charlotte, en Estados Unidos, con una escala larga que dio para visitar la ciudad y celebrar misa, y un segundo vuelo hasta Río. Maria todavía recuerda aquel día, el más largo de su vida, y la sorpresa al salir del aeropuerto: en la ciudad donde imaginaba un verano eterno llovía a cántaros, y solo llevaban ropa de verano.
Primera fila
Aquella semana fueron a todos los lugares adonde iba el Santo Padre. El miércoles, después de esperar al menos dos horas entre codazos y empujones, un grupo de jóvenes que tenían delante se apartó para que los más pequeños del grupo pudieran ponerse en primera fila de la valla. No fue el único gesto: unas monjas les daban el desayuno cada día, les dejaban celebrar misa en su comunidad y les prestaron ropa de abrigo; un grupo de jóvenes les cedió sitio en un polideportivo, y gente a la que no conocían había hecho donativos para que el viaje saliera adelante.
El 26 de julio subieron a pie al Corcovado, por una calle muy empinada rodeada de favelas. Arriba, a los pies del Cristo Redentor, las vistas eran espectaculares, y cuando empezaba a oscurecer bajaron de la montaña rezando el rosario.
Copacabana
El día de la vigilia cogieron sitio de buena mañana en la playa de Copacabana e hicieron tiempo entre cantos, partidas de cartas y ratos de oración. Cuando pasó el papamóvil, recuerda Maria, «el Papa se vuelve, nos mira, nos saluda y nos sonríe a todos. En cada uno». Durmieron en la playa bajo el cielo estrellado y al día siguiente vivieron la misa de clausura. Marina, que había ido con trece años recién cumplidos, se dio cuenta allí por primera vez de que no estaba sola: la playa estaba tan llena que «no cabía ni un alfiler».
El final fue inesperado. Un problema de overbooking en el aeropuerto les impedía volver todos juntos, y después de días durmiendo en el suelo con espíritu peregrino acabaron en un hotel de cuatro estrellas de Copacabana.
Una semilla
Diez años después, Marina lo resumía así: «aquel viaje fue el principio de una semilla que el Señor plantó dentro de mí y que poco a poco ha ido dando su fruto». Maria añadía lo que había descubierto viviendo para los demás: que eso no te quita la alegría, sino que te la da. Y el boletín del grupo lo recordaba en 2026: «aquel viaje a Río no lo pagaron las cuentas, lo pagaron las rodillas de mucha gente que rezó por nosotros sin haber pisado nunca Brasil».
Fotos
Amplía la fotoPlaya de Copacabana, Río de Janeiro (Brasil), 27 de julio de 2013
Amplía la fotoFavelas de Río de Janeiro (Brasil), 26 de julio de 2013
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Amplía la fotoFátima, la primera parada del viaje
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Amplía la fotoOración de noche en Fátima
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Amplía la fotoEn lo alto del Corcovado, 26 de julio de 2013
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Amplía la fotoRío de Janeiro, 30 de julio de 2013
Amplía la fotoRío de Janeiro, 29 de julio de 2013
Así lo vivieron
«Aquel viaje fue el principio de una semilla que el Señor plantó dentro de mí»
Empecemos, pues, por el principio. Yo no era más que una niña de 13 años recién cumplidos. Como podréis estar contando, estaba un poco por debajo del mínimo de edad que ahora se establece para ser un auténtico peregrino de Sant Mateu; pero eso daba igual, puesto que nuestro grupo era... peculiar, por decirlo de algún modo. Un grupo de niños, jóvenes y adultos de parroquias distintas, edades diversas, que poco se conocían entre ellos, decidió volar en busca de una aventura hacia Brasil para encontrarse con el recientemente escogido Papa Francisco, en su primera JMJ. De hecho, esto era algo que compartíamos él y yo. Es cierto que dos años antes recuerdo ver por la tele cierto evento que se hacía en Madrid en el que una gran multitud de jóvenes se reunía y celebraba la Santa Misa, pero poco más conocía de esos encuentros.
Léelo entero
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Como habréis podido observar, fue una experiencia única y quizás un poco extraña. ¿Quién nos habría dicho que en escasos 11 días viviríamos una gran aventura como esta, y sobre todo que a través de los pequeños actos del día a día seríamos capaces de encontrarnos con Dios? Con 13 años quizás no era del todo consciente, pero con el paso del tiempo me he ido dando cuenta de cómo aquel viaje fue el principio de una semilla que el Señor plantó dentro de mí y que poco a poco ha ido dando su fruto. Muchas otras peregrinaciones han venido después que también han ido regándola, pero estoy segura de que aquel fue el principio de todo.
Marina