Nuestras peregrinaciones · A pie · 2020
El Collell 2020
«Cansados, pero contentos»
- Fechas
- A pie
- 160 km
- Días
- 6
- Etapas
- 6


La ruta
Las paradas
- Parroquia de Sant Mateu (Barcelona)25 de julio
- Granollers25 de julio
- Santa Maria de Palautordera26 de julio
- Turó de l’Home27 de julio
- Arbúcies27 de julio
- Sant Dalmai28 de julio
- Santuario de El Collell30 de julio
El Collell 2020, cansados pero contentos
Recién acabado el confinamiento, cuarenta jóvenes salieron de Sant Mateu hacia el santuario del Collell: 160 kilómetros, del 25 al 30 de julio, por el Vallès y el Montseny, y con atajo incluido.
En verano de 2020 todo el mundo tenía ganas de salir. Después de tres meses encerrados en casa por la pandemia, cuarenta jóvenes peregrinaron de Barcelona al santuario de la Mare de Déu del Collell, en Girona: 160 kilómetros en seis etapas, del 25 al 30 de julio. Para algunos era la primera peregrinación. Itziar, que tenía 25 años, se apuntó por recomendación del cura, convencida de que no la terminaría; nunca se ha arrepentido.
Etapa a etapa
El primer día fueron de la parroquia de Sant Mateu a Granollers, para calentar motores. El segundo, hasta Santa Maria de Palautordera, ya con el cansancio de levantarse a las tres de la mañana; aquella noche durmieron en una casa nueva que aún no estaba terminada. El tercero era la etapa reina: subir al Turó de l’Home y bajar a Arbúcies, y se alargó tanto que llegaron a las cinco de la tarde. Al día siguiente el grupo se partió en dos y el primero se perdió; en Sant Dalmai, una familia grande y generosa los acogió en su casa para un almuerzo-merienda. Las dos últimas etapas fueron más tranquilas, y en el Collell los esperaban las familias para pasar juntos un día de comunidad.
El atajo de Sant Mateu
La subida al Turó de l’Home dio para una leyenda. Después de casi seis meses sin que nadie pasara por allí, los caminos habían desaparecido. Mientras los guías pensaban qué hacer, uno de los chicos fue abriendo un camino nuevo con la navaja, hasta que llegaron a unas rocas que tuvieron que escalar. Todos llegaron bien a la cima, y aquel paso improvisado se quedó con nombre propio: la Drecera de Sant Mateu. Inés recuerda que, a pesar del calor y del cansancio, no paraban de cantar, y que alguien, en un estado delirante, gritaba: «¡Aquí arriba las flores son de color!».
Personas que aportan
Aquel año les escribió santa María Goretti, que les hizo pensar si eran personas que aportaban. Se vio en una peregrina que no dejó de cantar y de animar a los demás cuando ya no podían más, en una etapa dura. Su secreto, que meses antes le había confiado a otra: «Estoy rezando a Dios todos los días para que pueda hacer toda la peregrinación sin quejarme».
Para Inés, aquel primer choque con las peregrinaciones fue descubrir que la felicidad máxima es compatible con la renuncia del «yo». Para Itziar, lo que más contó fue el clima de familia y la cercanía de Jesús: «Cuando pensaba que ya no podría más o que no era capaz de conseguir llegar al final, siempre lo noté a mi lado». Desde entonces repite cada año.
Fotos
Amplía la fotoTuró de l’Home, 27 de julio de 2020
Amplía la fotoEtapa Arbúcies – Sant Dalmai, 28 de julio de 2020
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Amplía la fotoSubiendo al Turó de l’Home, 27 de julio de 2020
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Así lo vivieron
«Cuando pensaba que ya no podría más o que no era capaz de conseguir llegar al final, siempre lo noté a mi lado»
Me llamo Itziar y en esa peregrinación tenía 25 años. Acabábamos de salir del confinamiento total, producido por el Covid-19, y me encontraba mirando hacia el verano sin saber qué hacer, ya que el sitio en el que trabajaba había cerrado.
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[…]
Así que inicié esta ruta con mucha inseguridad y miedo. Una decisión que nunca me arrepentiré.
Una de las cosas que más me gustó de la experiencia fue el clima de familia que se creó y desarrolló entre todos los que estábamos allí. Pero lo que más me atrajo fue la cercanía con la que sentí a Jesús todos aquellos días. Cuando pensaba que ya no podría más o que no era capaz de conseguir llegar al final, siempre lo noté a mi lado, en diversas formas, la de un compañero de viaje, la de una oración, o simplemente sintiéndolo a mi lado.
[…]
Esta experiencia me sirvió para crecer como persona, tanto emocional como espiritualmente. Y por eso cada año repito, porque aunque parezca la misma experiencia, cada peregrinación es única y me ayuda a reconocer el valor que tengo como persona, simplemente por ser hija de Dios y ver que puedo ir mucho más allá de lo que pienso.
Itziar











