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BCN con el Papa

Editorial

Diario de camino · 1 de agosto de 2026 · 6 min de lectura

Lo que parecía un sueño... se realizó

Mn. Ferran Lorda DonatButlletí Fent camí, d’agost de 2026

Hay peregrinaciones que se miden en kilómetros y hay otras que se miden en años, en vidas, en gente que llegó a ser lo que nunca habría sido si no se hubiera atrevido a venir. De esas queremos hablarte, porque la próxima peregrinación lleva tu nombre.

Todo empezó en Río de Janeiro, en 2013. Éramos veintidós, dieciséis de la parroquia, y algunos con trece años. Sin experiencia, sin estructura y sin dinero: nada de lo que el mundo llama condiciones, y lo único que Dios pide siempre, unas manos vacías y unas ganas enormes de ir al encuentro del Papa.

Así empezó todo: a Abrahán le dijeron que saliera de su tierra y no le dieron mapa, a María le pidieron un sí y no le explicaron el final, a unos pescadores les dijeron «ven» y dejaron las redes en la arena. Nosotros solo teníamos unos meses de preparación y la sospecha de que la locura era posible. Y así fue: fuimos y volvimos siendo otros.

Después llegaron: Lourdes 2015, Cracovia 2016, Camp de Treball 2017, Meritxell 2018, Tierra Santa 2019, El Collell 2020, El Pilar 2021, Czestochowa 2022, Lisboa 2023, Covadonga 2024, Roma 2025 y Lisieux 2026.

Peregrinaciones por las que han pasado muchos jóvenes. Ninguna fue un viaje turístico. De cada una nos trajimos algo que todavía llevamos encima: una madrugada de frío, una confesión que no esperábamos hacer, una conversación en la cuneta que nos partió por dentro, un silencio ante el Santísimo que aún nos dura.

Ese es el secreto humilde de peregrinar: crees que vas a ver un Santuario y descubres que has ido a verte a ti mismo delante de Dios; sales a buscar un lugar y resulta que era Alguien que te buscaba. Aprendimos a caminar tirando unos de otros, esperando a los pequeños, cargando mochilas ajenas y dejando —que cuesta bastante más— que otros cargaran la nuestra. Años de canciones a media voz y de rosarios rezados con los pies doloridos. Queremos seguir caminando, contigo.

Nunca hemos ido solos, y lo decimos porque es de justicia. Detrás de cada peregrino hay una familia haciendo números en la mesa de la cocina, un feligrés que compró la papeleta de una rifa sin esperar el premio, una señora mayor que ya no podía viajar y rezaba cada tarde por unos jóvenes cuyos nombres apenas conocía: ella no subió a ningún avión, pero llegó a Río antes que nosotros. Sobre esas manos y esas rodillas se ha sostenido cada paso, y por eso nadie se ha perdido por el camino.

Algunos jóvenes echaron raíces y siguen siendo el corazón de esta familia; otros pasaron de puntillas, compartieron una mochila y unas risas, y la vida los llevó por otro lado. No importa: la semilla no lleva la cuenta de dónde cae, y todos, los que se quedaron y los que se fueron, están en el corazón de Dios. Por eso preparar Corea nos entusiasma tanto: no viajarán solo los que suban al avión. Ellos nos abrieron el camino y ahora te toca a ti seguir abriéndolo.

Hay además una gratitud que no podemos callar. Cuántas veces llegamos cansados y sucios a un pueblo donde no conocíamos a nadie y encontramos las luces encendidas, el suelo preparado, la comida caliente y una sonrisa en la puerta. Cuántos sacerdotes, cuántas religiosas, cuántos laicos anónimos nos abrieron su casa sin pedirnos nada; gente que pasó una sola noche por nuestra vida, a la que nunca hemos vuelto a ver y que está también en el corazón de Dios. Nos acogieron así porque no nos veían a nosotros: veían a Cristo, y nos amaron como si fuera Jesús quien llamaba a su puerta. «Era forastero y me acogisteis»: lo hemos visto cumplirse en pueblos sin nombre, a las once de la noche, con un plato de sopa. No lo olvidaremos nunca.

Y hay algo que nos deja sin argumentos: en cada peregrinación la gracia de Dios ha desbordado lo previsto, siempre, sin una sola excepción. Nosotros llevábamos las cuentas y Él llevaba el camino. A veces lo encontramos en momentos luminosos, pero la mayoría de las veces apareció donde menos se le busca: en el paso cargado de cansancio, en la ampolla, en el camino que pesa, en la noche en que uno ya no puede más y descubre que sigue andando. Como en Emaús, caminaba a nuestro lado desde el principio y solo lo reconocimos al partir el pan, cuando el corazón nos ardía sin saber por qué. Por eso decimos sin exagerar que las peregrinaciones han sido fuentes de agua viva, y de esa fuente queremos que bebas tú.

Y ahora, Corea. Está lejos, es cara y las cifras dan vértigo; no lo vamos a disimular. Pero fíjate dónde nos llama el Señor: a una tierra donde la fe no la trajeron los misioneros, sino que la buscaron unos laicos que leyeron unos libros y cruzaron una frontera para pedir el bautismo; una tierra regada luego por la sangre de sus mártires, jóvenes muchos de ellos, que prefirieron perderlo todo antes que perderle a Él.

Allí la fe empezó como empieza siempre: con unos cuantos que se atrevieron. Un sueño se sostiene igual que se sostuvo el de 2013, trabajando, pidiendo, organizando e insistiendo cuando la cuenta no sale; aquello también parecía imposible y aquellos jóvenes de trece años acabaron en Copacabana. Lo que hace grande un proyecto no es su presupuesto, sino el amor con que se emprende: un gran amor convierte una rifa en ofrenda, un desayuno solidario en obra común y a un adolescente distraído en un hombre capaz de darlo todo. Da igual cuántos subamos a ese avión; lo que importa es que ninguno irá solo.

Así que lánzate. No hace falta que lo tengas claro, porque nosotros tampoco lo teníamos; ni que puedas pagarlo hoy, porque en 2013 tampoco podíamos; ni que seas mejor de lo que eres, porque Dios no llama a los preparados, sino que prepara a los que llama. Solo hace falta que digas que sí. Y después, ayúdanos con tiempo, con manos, con ideas, con lo que tengas, y sobre todo con la oración, que es lo que de verdad mueve las peregrinaciones: aquel viaje a Río no lo pagaron las cuentas, lo pagaron las rodillas de mucha gente que rezó por nosotros sin haber pisado nunca Brasil.

Dentro de unos años, alguien escribirá algo parecido a esto. Dirá que fue a Corea siendo casi un niño, que allí se topó con el Señor y que de aquello nació todo lo demás. Ese joven ya está entre nosotros. Ese joven eres tú.