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BCN con el Papa

Editorial

Diario de camino · Nos ponemos en camino · 1 de octubre de 2026 · 7 min de lectura

No tengo dinero para ir, este artículo es para ti

Ir a Corea cuesta mucho dinero. Vamos a mirarlo al revés: el coste no es un muro, es una puerta.

Mn. Ferran Lorda DonatButlletí «Fent camí», any 6, núm. 3 (octubre del 2026)

Ir a Corea cuesta mucho dinero: vuelos, alojamiento, inscripciones, desplazamientos. Ante una cifra así, lo fácil sería decir: «no es para mí».

Vamos a mirarlo al revés. El coste no es un muro, es una puerta. Nos regala algo que quizá nunca habríamos elegido: un año entero para vivir juntos la pobreza y la austeridad. No como dieta forzada, sino como un entrenamiento del corazón.

La peregrinación empieza hoy, en cada pequeña renuncia que hacemos pensando en ella.

San Pablo nos lo dice en una frase que podría ser un lema para nosotros: «Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8,9).

Dios no eligió un palacio. Eligió un pesebre en Belén, un taller de carpintero en Nazaret, una vida sin «dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20) y una cruz desnuda. No lo hizo porque la pobreza sea bonita, sino porque quería dejar claro qué es lo que de verdad enriquece: el amor que se entrega sin guardarse nada.

La pobreza evangélica es vaciar las manos para que Dios las pueda llenar. Quien lo tiene todo agarrado no puede recibir nada más.

Jesús cuenta en una parábola que quien encuentra un tesoro escondido en el campo y, «lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo» (Mt 13,44). Fíjate: no vende con pena, vende con alegría. Ha visto algo tan grande que todo lo demás le parece poco.

Eso es el desprendimiento. No despreciamos las cosas: el café con los amigos, la ropa nueva, la suscripción, el capricho del fin de semana. Simplemente descubrimos que hay algo que vale más. Y para agarrarlo, hay que tener las manos libres. Lo pequeño que soltamos se convierte en lo grande que alcanzamos.

La austeridad empieza por el bolsillo, pero no se queda ahí. Cuando vivimos con menos, algo se mueve por dentro: dejamos de apoyarnos en nuestras seguridades y caprichos y empezamos a apoyarnos en Dios.

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5,3). El pobre de espíritu no es el que no tiene nada, sino el que no se aferra a nada. Sabe que todo lo ha recibido y que todo está en manos de su Padre.

Así, la pobreza material se convierte en escuela de abandono y confianza. Vamos a llegar a fin de curso sin saber del todo si las cuentas cuadran. Habrá meses en que parezca imposible. Y justo ahí aprenderemos a rezar como Jesús nos enseñó: «danos hoy nuestro pan de cada día». No mañana, no el de todo el año: el de hoy.

Jesús invita a mirar los pájaros del cielo y los lirios del campo (Mt 6,26-30). Quien confía así se libera de la ansiedad y descubre una alegría que el dinero no puede comprar.

Esta es la idea que lo atraviesa todo: si no tienes dinero, mejor. Descubrirás la generosidad de Dios. Si lo tuvieras irías a Corea gracias a tu cuenta corriente. Si no lo tienes, irás gracias a Él.

Cuando estés sentado en ese avión rumbo a Seúl, mirarás atrás y verás cómo, de tu pobreza, Dios ha sacado generosidad: la tuya, la del grupo, la de tantas personas que te han ayudado sin que lo esperaras. Notarás en tus propias carnes que Dios ha hecho un milagro contigo y que la Providencia actúa de verdad, no solo en los libros.

Pero la Providencia no trabaja sola. Dios pone el milagro; nosotros ponemos nuestra parte. Hace falta desearlo de verdad: querer vivir pobremente, renunciar, trabajar en las campañas, aportar al fondo común lo que podamos. Quien hace todo lo que está en su mano puede esperarlo todo de Dios.

Podría parecer una contradicción: ¿pobres y, a la vez, espléndidos? Pues es justo lo mismo visto desde dos lados. Quien no se ata a lo suyo es libre para darlo. Y quien da con generosidad descubre que «Dios ama al que da con alegría» (2 Cor 9,7).

Y Dios nunca se deja ganar en generosidad. Dios bendice con generosidad al que da; es muy generoso con los que son generosos. San Pablo lo explica a los corintios cuando les pide ayuda para la colecta: «el que siembra con mezquindad, cosechará con mezquindad; y el que siembra con generosidad, cosechará con generosidad» (2 Cor 9,6). Y les pide que su aportación sea un don generoso y no algo dado a regañadientes (2 Cor 9,5), para que se vea que su caridad es sincera (2 Cor 8,8). Que nuestra generosidad no sea de fachada, sino de verdad.

El tacaño vive encogido. Calcula, guarda, se protege. Sus sueños son del tamaño de su cartera. En cambio, el que es espléndido con Dios y con los demás ensancha el corazón, y un corazón ancho puede aspirar a cosas grandes.

Pensemos en la viuda del Evangelio, que echó dos moneditas en el templo (Mc 12,41-44). Era casi nada, pero era todo lo que tenía. Jesús la puso por encima de todos los ricos. A Dios no le impresiona la cantidad, sino la entrega.

Corea es un proyecto grande, y los proyectos grandes solo los sacan adelante corazones grandes. Si este año somos espléndidos, con nuestro tiempo, con nuestro dinero y con nuestro esfuerzo, no solo llegaremos a Seúl: volveremos preparados para soñar proyectos todavía mayores.

A lo largo del año haremos campañas. No son solo una forma de «hacer caja»: son parte del camino.

Con cada campaña dedicando nuestro tiempo, cada Roscón de Reyes, Coca, cada número de lotería vendida puerta a puerta, en la calle, enfrente de una parroquia es tiempo y esfuerzo que regalamos. Nos enseñan el valor del dinero ganado con trabajo, nos obligan a vencer la vergüenza y la pereza, y nos unen como grupo. Lo que cuesta esfuerzo se valora el doble, y llegaremos a Corea sabiendo que cada euro tiene detrás horas de entrega.

Las campañas tienen algo precioso: hacen partícipes de la peregrinación a todos los que nos compran. Ellos viajan con nosotros a Corea. Y, lo más importante, rezarán por nosotros. Detrás de cada € habrá una persona, una historia y muchas oraciones que nos acompañarán hasta Seúl.

Vividas así, las campañas dejan de ser una obligación y se convierten en una ofrenda: un trabajo hecho por amor, que ya es oración.

La pobreza que no se concreta se queda en buenas intenciones. Algunas ideas para vivirla juntos:

  • Revisar los gastos pequeños. El refresco, el snack, la app de pago, la comida a domicilio. Sumados, son mucho. Cada uno puede elegir uno y apartar ese dinero para Corea.
  • Crear un fondo común al que todos vamos aportando de nuestros sacrificios, de nuestros ahorros y de esa pobreza que vivimos. Habrá quien pueda aportar mucho y quien solo pueda aportar poco, pero todos tenemos que aportar. Como la viuda del Evangelio, lo que cuenta no es cuánto, sino que sea de verdad.
  • Cuidar lo que tenemos. Podríamos hacer un esfuerzo concreto: no gastar en ropa ni comprar cosas nuevas, sino cuidar y aprovechar lo que ya tenemos. Arreglar antes que comprar, no tirar comida. También es una manera de ayudar a Corea. Vivir incluso sin lo que realmente necesitamos.
  • Ser generosos con el tiempo. Ayudar en casa y en la parroquia.
  • Ofrecerlo. Cada renuncia, unida a la oración, se convierte en un regalo para Dios y en una preparación del corazón.
  • Hacerlo con alegría. Sin quejas ni caras largas: la austeridad triste no convence a nadie.

La Iglesia en Corea la empezaron, a finales del siglo XVIII, unos laicos que con muy poco descubrieron a Cristo. San Andrés Kim Taegon y sus compañeros mártires nos enseñan que los que no se aferran a nada son capaces de darlo todo.

Un corazón pobre es un corazón disponible, y Dios lo usa para hacer cosas grandes. Nosotros no vamos a dar la vida como ellos, pero sí podemos aprender su lección: la grandeza apostólica nace del desprendimiento.

No vamos a vivir la austeridad como un precio que hay que pagar, sino como un camino que ya forma parte de la peregrinación. Cuando lleguemos a Corea, llevaremos en la maleta mucho más que dinero ahorrado: llevaremos un corazón más libre, más confiado y más grande.

Porque Jesús, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Y nosotros, haciéndonos un poco más pobres, nos preparamos para ser inmensamente ricos.